Sin pensarlo, sí. Y voy a intentar explicarte en este artículo cuáles son mis razones.

Hoy cada vez somos más conscientes de que el “aquí y ahora”, la presencia, el “darse cuenta” y el crecimiento personal son importantes en nuestras vidas. Nos entregamos a la terapia para encontrar respuestas, soluciones, en definitiva, sentirnos mejor. En muchas ocasiones, mediante la terapia, buscamos la felicidad: ese estado de bienestar que nos gustaría que fuera permanente.

Cuando decidimos quedarnos embarazadas, nos centramos tanto en ese objetivo, la maternidad, que dejamos en un segundo plano nuestro bienestar mental y/o emocional. En cierta manera, la búsqueda de la felicidad y la maternidad, van muy unidas. Tal y como está vista la maternidad en nuestros días, el embarazo ya es sinónimo de felicidad. Para la sociedad en la que vivimos, un embarazo es motivo de alegría y ya no hace falta nada más, por lo que nos centramos en el cuidado físico en gran parte.

“Tener una idea romántica de la maternidad puede alejarnos de la realidad”

Pero el embarazo y la maternidad no acaban ahí. No nos explican (y/o no nos damos cuenta) que es como la vida, en la que, evidentemente hay alegrías, pero también puede haber inconvenientes desde el inicio como:

  • Dificultad para la concepción
  • Embarazo no deseado
  • Entorno no adecuado
  • Pérdida gestacionales y posteriores al parto
  • Duelo perinatal
  • Nuevas enfermedades en la mamá
  • Viabilidad del bebé
  • Toma de decisiones
  • Dificultades en la lactancia
  • Relación con una misma
  • Emociones
  • Relación de pareja
  • Relación con los hijos existentes
  • Conciliación familiar
  • Insomnio (que puede propiciar trastornos)
  • Dificultades de vínculo con el bebé
  • y un largo etc.

Dado que la terapia parece no tener cabida en el mundo de la maternidad en nuestra sociedad, creemos que no la necesitamos, pero cada una de nosotras llega a la decisión de ser madre y al embarazo con un bagaje personal. A este hecho, yo le llamo “mochila emocional” que, sin darnos cuenta se abrirá en un momento u otro. Digo sin darnos cuenta ya que hay algo con lo que no contamos: solo por el hecho de buscar el embarazo, nos situamos en otra órbita. Cuando lo conseguimos, cambiamos física y emocionalmente, también por el efecto hormonal que juega un papel importante en nuestra psique (durante y después del embarazo) pero nuestras neuras, características, nuestras máscaras y nuestros puntos débiles seguirán ahí.

Con todo, tendremos que enfrentarnos a lo que venga, a lo que surja. Pero, ¿estamos preparadas?

Me gustaría exponer algunos ejemplos de:

¿cómo nos puede afectar nuestra “mochila emocional” en la maternidad?

El control

Es un mal aliado para buscar un embarazo, para parir de forma natural (sobre todo en este momento necesitamos perderlo), para centrarte en el bebé cuando vuelvas a casa después de llegar del hospital, para educar a tus hijos.

La autoexigencia

“¿seré buena madre?”

La confianza en ti

Será importante reforzarla, si es preciso, en el momento de una FIV (Fecundación in vitro), en el momento del parto, en la lactancia.

Tus duelos

¿Cómo afrontarías el momento de una pérdida en cualquier momento del embarazo o incluso posterior a éste?.

La resiliencia

¿Cómo afrontas situaciones complicadas? Pueden surgir en cualquier momento en la maternidad.

Poner límites

¿Puedes poner límites? Lo necesitarás con tu entorno, para tus hijos.

La frustración

Los pequeños la necesitan.

La soledad

¿Cómo llevas sentirte incomprendida por tu entorno? Puede que la sientas en cualquier momento por muy acompañada que estés por tu pareja y tu familia.

Podríamos poner muchos más ejemplos, pero si te fijas, son aspectos en los que no pensamos y que, cuando llega el momento, cobran vital importancia.

La etapa de la maternidad, nos pone en contacto con nuestra propia esencia y con esa parte del inconsciente con la que no contamos. Por tanto, nos ponemos en contacto con nuestra niña interior, sus miedos, sus pataletas, su ira, su rabia, su tristeza, su soledad, su inseguridad, su dolor, su culpa, sus heridas y percepciones. Y como niñas en nuestra esencia que somos, nos conectamos con la figura de la madre y del padre. Es un buen momento para revisar todos estos aspectos, liberarnos para poder empoderarnos como madres y querernos.

“El amor hacia uno mismo es el amor de nuestro niño interior por esa parte natural de uno con la que nacemos, antes de que nos metan la cultura en la cabeza. Es un deseo de felicidad instintivo”

Claudio Naranjo

Por otro lado, es importante el papel que juegan nuestros hijos. En ellos podemos mirarnos y reconocer nuestras heridas.

La terapia Gestalt es una rama de la psicología humanista que nos ayuda a situarnos en el “aquí y ahora”, nos ayuda a buscar esa esencia, presencia, esa consciencia, esa responsabilidad del individuo de una forma sistémica. Es decir, ve al individuo en todas sus dimensiones: bio-psico-social y espiritual. Lo ve de una forma completa.

No solo contempla al individuo sino también al entorno familiar, a la sociedad y a la cultura en la que se encuentra inmerso. Es decir, nos sostiene en todo lo que somos.

La terapia durante esta etapa perinatal (desde la preconcepción al parto o puerperio) es como una red que nos sostiene y que, además, puede evitar el peligro. Es una forma de PREVENCIÓN en la salud mental perinatal con la que podemos evitar problemas como la DEPRESIÓN y LA ANSIEDAD (entre otros) que tanto pueden afectar a la madre y, si es el caso, al bebé. Es un acompañamiento en el proceso de cambio hacia la maternidad.

Artículo escrito por: Noelia Ballestero , terapeuta Gestalt .

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