Si pensamos en la figura del padre, pueden acudir de igual modo a nuestra mente dos imágenes contrapuestas; héroes o villanos. O incluso nos podrían acudir ambas si pensamos en diferentes épocas de nuestras vidas.

Es fácil encasillar la labor del padre como uno u otro pero como en todo en la vida, la importancia está en los matices.

Evidentemente siempre hay casos extremos de abandono o maltrato en los que ningún matiz justifica las malas acciones llevadas a cabo. Pero centrémonos en la supuesta norma o en el general de los casos: padres presentes y que han hecho lo que han creído oportuno con sus posibilidades dando una vida digna a sus hijos.

Aquí es donde entra la vivencia personal del hijo o hija para valorarlo como uno u otro. Partimos de la base de que en estos casos, al llegar a este mundo cogemos como referencia los comportamientos y hábitos de papá y mamá. Así, es fácil pensar que empezamos a formarnos como personas a imagen y semejanza de nuestros progenitores. En esta fase de nuestra vida, si tenemos cualquier problema, los padres son los salvadores. Si queremos aprender algo, ellos son la fuente de conocimiento. Si tenemos que valorar algún evento exterior de nuestras vidas, lo valoraremos en función de lo que veamos de ellos. Se convierte de ese modo la figura del padre en el primer héroe al que admirar.

Por norma no nos cuestionamos ni la autoridad ni la validez de los padres ni de sus argumentaciones por lo menos hasta que llega la adolescencia.

Pero a la que empezamos a formarnos una opinión propia de las cosas y de la vida en general, en muchas ocasiones puede pasar que de repente ese super héroe se nos caiga del pedestal en el que lo habíamos puesto. De pronto nos encontramos creyendo que nuestros padres no tengan la solución a todos nuestros problemas, o al menos, que su solución no sea la más válida o acertada. Si queremos aprender algo ya no será, muy posiblemente, a ellos a quien acudiremos debido a que su razonamiento o su saber nos puede parecer obsoleto.

Las valoraciones que tengamos que hacer de acontecimientos exteriores ya no dependerán enteramente de su visión e incluso puede pasar que valoremos justo lo opuesto por contraposición.

De esta manera, se nos cae un mito y muchas veces podemos tender a culparlos por todo ésto. Culpamos a nuestros padres por no haber sabido tener las respuestas que necesitábamos. Por no ser capaces de ver nuestras necesidades y cubrirlas. Los culpamos porque no sabemos cómo hacernos cargo de nuestra vida y nuestros problemas. E incluso los culpamos porque nuestra vida ya no dependa de ellos. Ahora toca currar y no esperar a que alguien resuelva nuestros conflictos por nosotros.

Y es aquí donde muchas veces nos quedamos atascados. Porque no entendemos en qué momento pasó. En qué momento las riendas de nuestra vida pasaron a nuestras manos y ya no basta con quedarnos sentados y esperando a que todo pase porque papá o mamá lo solucionarán.

Crecer y madurar es justamente eso. Así como en el mundo animal es muy obvia esta transición; a los seres humanos muchas veces nos cuesta desapegarnos de la relación de dependencia con los padres. Y en cambio de ver nuestras carencias y decidir trabajarlas, solemos enfocarnos en poner la culpa fuera, en nuestros padres, porque es más fácil así.

Responsabilizarnos de nuestras propias limitaciones y de cubrir nuestras necesidades implica un esfuerzo, y sobretodo un ejercicio de autoconocimiento y autocrítica que no siempre estamos dispuestos a hacer.

Porque aceptar que nosotros tenemos la culpa también de lo que nos acontece es un golpe de humildad y realidad. Para este ejercicio son necesarias muchas herramientas de las cuales no somos conscientes que disponemos y por eso el ejercicio se dificulta cuando pretendemos tirar adelante solxs.

La explicación es sencilla; como dice el refrán: siempre es más fácil ver la paja en el ojo ajeno. Pero nos suele costar bastante más ver nuestros propios fallos.

Así como para comprobar si lucimos bien hacemos uso de un espejo que nos devuelve nuestra imagen; lo mismo nos servirá cuando se trate de algo que está en nuestro interior. Y es que en nuestra vida necesitamos espejos de todo tipo. Un espejo no siempre es una superficie de cristal en la que se refleja la luz y las imágenes de los objetos que hay delante. Para sanar esas cosas que a veces no sabemos o no queremos ver y de las que acabamos echando balones fuera en muchas ocasiones; es necesario un espejo.

Pero en este caso un espejo puede ser un terapeuta, o alguien en quien vernos reflejados y que nos devuelva una lectura de nosotros mismos que a veces no queremos o no somos capaces de ver. Para así re-apropiarnos de nuestra vida y ser nosotros mismos (los padres de nuestro niño pequeño insatisfecho).

Hemos hablado en todo caso por la fecha que es de la figura del padre; pero queremos remarcar que todo el tema tratado aquí es aplicable a ambos, padre y madre.Habrá quién lo hará recaer en uno, en el otro o en ambos pero lo importante ahora es; ahora tú,

Y tú, ¿Cómo te haces cargo de tu niño interior?

Artículo escrito por: Yaiza Morales , terapeuta Gestalt .

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