Cuando nos sentimos interesados por alguna cosa y queremos aprender a llevarla a cabo, lo primero que solemos hacer es preguntar ¿Cómo se hace? Pero esta pregunta encierra una verdad que solemos pasar por alto. Sí, queremos saber cómo se hacen las cosas. Pero, seamos sinceros, nos suele dar bastante pereza pasar por todo el proceso. 

Buscamos la receta mágica que nos lleve al punto final del mismo casi por arte de magia; y cuando vemos que no es así, en muchas ocasiones perdemos las ganas o la motivación para seguir adelante o incluso para empezar. Porque no sabemos cómo se hace. “¡Uy, eso no es fácil eh!” decimos. Y nos desanimamos por no poseer instantáneamente esta información, lo cual es una contradicción en sí. 

Nada es de repente, todo es un proceso.

Las preguntas en este caso son: 

  • ¿Prestamos atención al proceso de lo que hacemos? 
  • ¿Por qué queremos llegar a la supuesta meta sin observar ni disfrutar el camino? 
  • ¿Es en realidad la meta un logro, o pierde su valor si obviamos el camino? 

Esta falta de conciencia del proceso la podemos ver muy clara en un ejemplo: cuando miramos fotos de nosotros mismos a lo largo de los años. Somos conscientes de que el tiempo pasa y que, según esto sucede, vamos experimentado cambios. Vamos creciendo. Pero en el día a día, en el devenir de la vida, no solemos prestar atención ni ser conscientes de esos cambios. Hasta que ya han pasado. 

Son esos pequeños cambios supuestamente inapreciables los que marcan la diferencia y sin los cuales el fin no tendría sentido. Ahora probemos a extrapolar este ejemplo a nuestra vida y a nuestros aprendizajes. En la consulta nos encontramos muchas veces con este “¿Cómo se hace?” aplicado a un millón de situaciones diferentes. ¿Cómo hago para que no me afecte tal? ¿Cómo hago para dejar pasar tal otro? Queremos respuestas mágicas e inmediatas que nos solucionen la vida y es que vivimos en la sociedad de la inmediatez. 

Sabemos que el pelo nos crece, por ejemplo, pero no somos conscientes de que lo hace cada día hasta que, de pronto, un día vemos que ya nos llega a los hombros. O alguien nos lo hace notar desde fuera. Es entonces cuando, con carácter retroactivo, somos capaces de ver ese cambio. No antes. 

Pero, ¿sabéis qué es lo peor? Que la mayoría de veces ya estamos haciendo cosas para que ese proceso se produzca, pero no le prestamos atención y nos agobiamos por que aún no vemos el supuesto final. Sin darnos cuenta, cuando sentimos la necesidad de hacer algo nuevo o de cambiar alguna situación; ya hemos empezado ese proceso de cambio. 

Darse cuenta es el primer paso para el cambio. 

Y con el darse cuenta viene seguido el fijarnos en aquellas cosas que queremos modificar. 

Alerta spoiler: 

En los procesos de aprendizaje no hay final. No hay meta a la que llegar porque aprendemos cada día y cada día también aparecen nuevas cosas por aprender. 

¿Qué pasaría si aprendiéramos a valorar los pequeños gestos que hacemos para conseguir lo que queremos? Tal vez, no nos frustraríamos tanto por no tener aquello que ansiamos. Si no que disfrutaríamos de los pasos que damos y del hecho de darlos. ¡Que no es poco! 

¿Eres consciente de los pasos que das en tu vida? 

El placer del proceso

Artículo escrito por: Yaiza Morales , terapeuta Gestalt .

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