Cuando hablamos de amor (ya sea propio o ajeno), hay algunos puntos que no podemos obviar. Hablemos del tipo de amor que hablemos. Así como en toda historia existen siempre dos o más versiones; en toda comunicación, éstas también están presentes. Hablo del dar y el recibir. Y es que no es lo mismo dar amor que recibirlo. Y tampoco es lo mismo recibirlo que dejarlo entrar.

Para entenderlo mejor, pensemos en ese amor como un regalo material. A muchos de nosotros nos resulta muy fácil hacer regalos a los demás; pero, ¿qué pasa cuando somos nosotros quienes los recibimos? La respuesta automática suele ser un “¡¡Pero si no hacía falta!! Y es que aunque nos gusten los regalos, el que creamos que nos lo merecemos o no, juega un papel súper importante en estos casos. Una vez superado este punto; es muy probable que acabemos aceptando el regalo aunque en algunas ocasiones sea por no quedar mal. Pero la pregunta es, ¿Interiorizamos que eso es para nosotros? ¿Que nos lo merecemos y que debemos darle un lugar? En muchas ocasiones no es así. 

Ahora extrapolemos la idea del regalo al hecho de aceptar y asimilar que nos reconozcan nuestros logros. O que nos digan cosas bonitas porque nos quieren. O a reconocérnoslo y decírnoslo nosotros mismos, a permitirnos saborearlo sin culpabilidad. ¿Qué pasa? ¿Verdad que la sensación de falta de necesidad de hacerlo es mayor que con el regalo?

Resulta que ver estas cosas desde ojos ajenos es mucho más obvio que desde nuestra propia percepción. Pero venimos de la cultura de la culpabilidad y sentimos que si dejamos entrar esas cosas, nos estamos vanagloriando; estamos siendo egocéntricos o soberbios o toda una retahíla de adjetivos descalificativos para justificar que eso no cale en nosotros.

Aquello que consideramos “malo”, desagradable o que no nos gusta tanto, lo aceptamos a brazos abiertos. Eso sí que lo dejamos entrar. Por contra, cuando se trata de cosas más agradables o que nos podrían ayudar a sentirnos mejor; solemos desvalorizarlasy dejarlas que se queden a las puertas. Desvalorizándonos nosotros también. Qué nos digan cosas bonitas gusta, pero ¿Qué pasa cuando se trata de que nos las creamos nosotros solitos? ¿Qué es lo que impide ese paso final? 

Muchas veces asumimos que esto tiene que ser así. Que las cosas desagradables, mejor nos las recordemos para no repetirlas pero que las buenas no hace falta que les demos importancia porque es “lo que se supone”. Que la manera correcta de avanzar es simplemente no volver a tropezar en los mismos errores pero se nos olvida la parte de recordarnos las cosas que hicimos bien y que nos han hecho llegar hasta donde estamos ahora mismo. Craso error. 

Es por eso que la terapia es tan necesaria. Una visión externa que nos da el toque de atención y que nos hace mirar en la dirección correcta recordándonos que no sólo cometemos errores sino que hay una buena cantidad de cosas que obviamos y que conducen nuestros pasos en la dirección correcta

La terapia es visión clara y auténtica que nos acerca más a nosotros mismos.

dejarme entrar

Artículo escrito por: Yaiza Morales , terapeuta Gestalt .

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