Cuando nos preguntan si nos conocemos a nosotros mismos la respuesta es casi automática: “Sí, por supuesto”. No hace falta pensarlo mucho; o eso asumimos. 

Pero si intentamos ir un poco más en profundidad, hay muchas cosas de nosotros mismos que no solemos ser capaces de contestar sin precisar de la ayuda de un amigo o alguien externo que nos las evidencie. 

O peor aún. Hay cosas que nos asustan o nos hacen sentir vulnerables frente al resto y nos las negamos y las ocultamos al mundo para evitar sentir el peso del juicio.

Esto es un problema en sí, ya que no nos damos permiso para ser en nuestra totalidad y de ese modo, no nos aceptamos y estamos dando una visión de nosotros mismos que no es de conjunto y por tanto no es real.

Cuando además hablamos de género, orientación sexual o identidades; la cosa se complica porque partimos de una base en la que, aunque sabemos que existe más de una opción y todas y cada una de ellas son válidas, no todas ellas son aceptadas por igual. Incluso en ciertas partes del mundo, son penadas con la muerte. 

No es de extrañar pues que, en ese caso, haya gente que decida guardar cierta parte de su vida dentro del armario junto a las bolitas de alcanfor por miedo a las repercusiones que pueda tener exponer este tipo de información. Y esto no debería ser así bajo ninguna circunstancia. 

Existen tantas maneras de entender el mundo como personas habitan en él. Por ende, existen tantas formas de amar como personas hay en el mundo. Y ninguna es más o menos válida que el resto. Pero vivimos en una sociedad que sataniza algunas de ellas y enaltece otras. 

Aunque por suerte cada vez esto es un poco menos así, aún no existe una sensación de equidad entre ellas. En sexología se habla de que existen tres factores determinantes para el ser humano:

  • ¿Quiénes somos? Es decir, nuestra identidad.
  • ¿A quién deseamos? O sea, nuestra orientación.
  • ¿Cómo deseamos? Cuáles son nuestras peculiaridades eróticas, nuestros gustos.

En función de estos tres factores, nos definimos como las personas que somos a nivel sexual y pese a que las dos primeras categorías ya ofrecen diversidad; la tercera acepta respuestas innumerables. Si entendemos esto, el primer paso está hecho: nos identificaremos con la pluralidad y lo diverso y con el hecho de aceptar que para identificarme a mí mismo, necesito observarme y observar al resto reconociendo qué me diferencia y me define.

¿Cómo catalogar entonces las maneras de amar en válidas y no válidas? ¿Cómo acotar un espectro tan amplio en solo dos únicas opciones? Y por encima de eso; ¿Quien dispone de una autoridad moral superior que pueda dictaminar cuál es cuál? 

Por esto, desde la consulta siempre intentamos abogar por la vía del conocimiento y la aceptación propia. Porque aceptándonos y amando nuestras peculiaridades, aquello que, en primera instancia nos hace sentirnos menos válidos por diferentes, podremos entender que no existe una norma en esto del amor. 

El placer del proceso

Artículo escrito por: Yaiza Morales , terapeuta Gestalt .

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