Me parece especialmente necesario escribir este artículo desde mi vivencia particular así que permitidme estas líneas un poco más íntimas que de costumbre. Vengo a hablar de un tema que puede resultar difícil de ver en estos días pero que me parece absolutamente necesario: la abundancia.

Y es que vivimos rodeados de abundancia que no sabemos, o no solemos, apreciar y se nos escapa de las manos, cual arena a puñados. Ahora, precisamente, nos vemos privados de la libertad de movimiento a nuestras anchas, confinados en casa y me parece que es momento de ello. De que nos centremos en nosotros, que reflexionemos, estemos presentes, conscientes de la abundancia que tenemos y nos rodea.

Es momento de que dejemos de abordar nuestra vida desde la ausencia. Porque si lo pensáis, es un enfoque muy capitalista y es que es en la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Siempre sentimos que nos faltan cosas, que necesitamos más, que no estamos contentos con lo que tenemos. La hierba siempre es más verde en el jardín del vecino. Y eso nos genera angustia, desazón y ansiedad.

La insatisfacción que nos llena y empuja a querer más y a
acumular todo, no nos deja ver la abundancia que nos rodea.

Queremos llenar los vacíos emocionales de cosas materiales y no encajan los unos con los otros. Es como ese juego de niños en el que tienes que encajar bloques con formas en un cubo con agujeros. Y estuviéramos intentando meter el bloque del círculo en el hueco de la estrella.

Al principio os comentaba que sentía la necesidad de escribir desde mi vivencia: si algo ha marcado mi vida desde que tengo uso de razón, es que, la he vivido desde esa falta.

Me ha costado mucho siempre apreciar lo que tenía o lo que conseguía. Siempre estaba enfocada en aquello que no tenía y por eso me sentía desgraciada.

Desde fuera, mi familia y amigos siempre han hecho una lectura de mí que yo no comprendía. Escuchaban mis logros y vivencias y me decían que era toda una luchadora, que conseguía todo lo que me proponía. En cambio, yo tenía la sensación de vivir en una realidad paralela, al oírlos. O más bien un sentimiento extraño de: “okay… es verdad que lo he hecho, pero no le veo ni la importancia, ni el logro, aunque sí la dificultad. Y además, qué engañados están todos porque creen que tengo una vida plena y yo solo me siento vacía y luchando contra un muro invisible”.

Pero con muchos años a la espalda acumulando esta vivencia y este sentir, tomé la decisión de ponerme en manos de un terapeuta para ponerle solución, a este y otros temas. Para aprender a lidiar con mis dificultades y conocer las herramientas de las que dispongo para afrontar cada reto y vivencia.

Ésto no solo me ha ayudado a ser capaz de abandonar esta visión sesgada que tal vez comprende un 2% de la totalidad de mi vida; sino que también me ha ofrecido la posibilidad de ver que existen millones de puntos de vista para observar la misma situación. Con ello me llevo el ser capaz de ver que existen infinitas posibilidades y que lo que no me pueda brindar una, me lo brindará otra.

Solo hay que estar atento y observar.

Esta falta de abundancia tiene que ver mucho también con el merecimiento y por ende con el amor propio. Creer que no mereces nada, suele ser una señal inequívoca de baja autoestima. Eres tú quien se considera menos que los demás y por tanto el merecimiento es proporcional. Si te mereces menos que los demás, es que no vales tanto y entonces tiendes a la tristeza. Esa tristeza en la mayoría de los casos no te dejará ver la cantidad de cosas buenas que ya tienes. Y ya tenemos al pez que se muerde la cola.

Lo que me lleva a preguntaros:

  • ¿Alguna vez habéis dedicado tiempo a pensar en esto?
  • ¿En las cosas que realmente necesitamos?
  • ¿En las cosas que están en nuestra vida sólo para rellenar la
    sensación de que estamos incompletos?

No os hacéis una idea de cómo puede cambiar la percepción de la vida y de cómo os veis a vosotros mismos, una vez hayáis reflexionado sobre esto, o haberlo tratado en terapia.

Artículo escrito por: Yaiza Morales , terapeuta Gestalt .

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